viernes, 28 de diciembre de 2007

Inocente

El Día de los Inocentes... no, perdón, el Día de los Santos Inocentes. ¿Qué sentido tiene? El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra... ¿quién está libre de pecados? Y en otro orden de cosas, ¿por qué coño celebramos el día de marras haciendo putadas al prójimo? Porque, más que el Día de los Inocentes, parece el Día del Orgullo Culpable... o el Día de que un soplapollas te venga a calentar los huevos, te diga "¡¡INOCENTEEE!!" y tú tengas que poner buena cara y sonreír en vez de hacer lo que harías cualquier otro día del año: cagarte en su putísima madre y tal vez reventarle los dientes, tal vez quedarte con muchas ganas de hacerlo.

En un contexto más amplio, existe un tipo de persona que se muestra especialmente simpática (para el resto del mundo) o gilipollas (para tí) en esos momentos en los que es evidente que no estás ni mucho menos de buen humor y que no tienes paciencia ni ganas de mostrarte mínimamente educado, menos aún de poner cara de felicidad. El tipo de persona que te dice "Eh, que yo no te he hecho nada" en tono ofendido cuando le ladras por importunarte en una situación por el estilo, o que intenta hacerte comprender que no hay motivo para estar de mal humor, cuando ni siquiera conoce el motivo del mismo.

En una situación así, y dependiendo del nivel de confianza y de aprecio, la reacción más suave suele ser comentar, con una media sonrisa forzada, que no estás de humor y que por favor te dejen en paz. Cuando hay cierto aprecio pero no mucha familiaridad, lo habitual es mostrarse malhumorado, tenso y puede que hasta ofensivo en situaciones concretas. Pero cuando la persona en cuestión, siendo de un entorno relativamente cercano, nos resulta más o menos detestable... en una situación así, el ser humano promedio saca lo peor que lleva dentro. Sientes que todo lo que te ha pasado o te has montado tú solito es culpa de esa persona. Al mismo tiempo, sabes que no tiene la culpa de nada, y eso te hace ponerte más furioso por la frustración, porque necesitas un motivo para cabrearte con esa persona y no lo encuentras, y sabes que es injusto culparl@ pero te la suda, lo único que quieres es soltarle a alguien todo lo que llevas dentro porque estás encabronado. Y se lo sueltas, y a veces te quedas maravillosamente bien, aunque siempre te quede un regustillo de culpabilidad. O no se lo sueltas, y te lo tragas todo. Te lo tragas porque detestas a esa persona, pero necesitas que esté ahí para detestarla.

Todos necesitamos odiar algo, o preferiblemente a alguien. El odio, la ira, la frustración, incluso el miedo... son parte de nuestra naturaleza. Por eso mentimos. Por eso a veces nos sentimos mejor al hacer daño a alguien. Por eso necesitamos una vía de escape, porque no podemos permitirnos acabar con todo lo que odiamos. No sólo por lo que pueda pasar si matamos a otra persona, si destruimos algo o a alguien, sino porque necesitamos que sigan ahí.

Por eso algún gilipollas inventó las inocentadas. ¡¡INOCENTEEEE!!

miércoles, 26 de diciembre de 2007

Hace unos años

Exactamente hace unos años se produjo una catástrofe natural de algún tipo en una zona muy concreta del mundo en la que desaparecieron personas, algunas de las cuales siguen desaparecidas, y también murieron muchas personas que a día de hoy siguen muertas. Los cuantiosos destrozos materiales provocados por la catástrofe se valoraron en muchos dólares, por lo que parece ser que no hay nadie interesado en comprarlos.

Huelga decir que muchas personas de las que murieron o estuvieron allí no saben dónde está el océano Índico, ni en qué parte de Asia habita el sudeste asiático. Sería por tanto muy grosero explicarles lo que es un maremoto, o por qué a las olas se les llama tsunamis cuando se hacen mayores. Tampoco podemos pedirles que su imaginación conciba lo que son miles de millones cuando en su vida jamás verán juntos más de unos pocos centenares. Ni siquiera sería justo llenarse la boca con sistemas de prevención por satélite o infraestructuras de alerta temprana.

Sin embargo, seguro que se inquietarían si supieran que algunas personas se enteran de las catástrofes antes de que ocurran. O si les dijeran que, en muchos países del mundo, al 90% de la población afectada le habría llegado la noticia con tiempo más que suficiente para escapar. O si vieran con sus propios ojos que en otros lugares han ocurrido catástrofes más tarde y que, sin embargo, se están recuperando mucho más rápido. Y sin duda, les parecería ofensivo que existan obras de arte, o documentos históricos, o artículos que tomaron parte en una vida u obra digna de ser recordada, que casi a diario son vendidas por mucho más dinero del que se envía en forma de ayuda a una zona concreta y del que se beneficiarían centenares o miles de personas.

Dicen que la vida no tiene precio, pero sin embargo hay muchas personas dispuestas a ponérselo. Y no deja de resultarme curioso el hecho de que arrebatar una vida humana produzca más dinero del que se invertiría por salvarla. Del mismo modo que los asesinos de las películas y los del mundo real cobran sumas elevadas, mientras los delincuentes callejeros de zonas subdesarrolladas matan a cambio de la posibilidad de que su víctima porte algo de valor. Aunque claro, si resulta que la vida sí que tiene precio, es lógico pensar que unas puedan tener mucho más valor que otras, ya que es lo que suele pasar con todas las cosas que tienen precio.

Tal vez sea por eso por lo que la única diferencia entre ricos y pobres a la hora de sufrir una catástrofe sea precisamente el número de muertes. La amante madre Tierra no atiende a razones de dinero, y en su infinita sabiduría nos devuelve en forma de pequeños pescozones de advertencia las puñaladas traperas que le asestamos. Dentro de poco, no me cabe duda, los huracanes dejarán de tener categoría numérica, la escala de Richter dejará de servir para medir los terremotos, y análogamente todas las catástrofes naturales posibles se calificarán según su potencial destructivo en millones de dólares. Por eso, en los lugares en los que las vidas valen varios miles, sólo veremos unos cientos de muertos aderezados con mucho dramatismo, mientras que los pobres desafortunados que nacieron con menos valor monetario verán cómo, cada vez que la Naturaleza monta en cólera, el resultado se cuenta en pilas de cadáveres anónimos amontonados en fosas comunes. Por supuesto, las manos negras de la muerte no se irán sin cobrarse su tributo en forma de epidemias, disturbios y demás consecuencias indirectas, que suelen ser proporcionales a las directas.

He tenido la suerte de nacer en una zona del mundo en la que las vidas se venden caras y las catástrofes se ven de lejos, pero a pesar de eso, o quizá precisamente por eso, no puedo evitar un ramalazo de asco, ira y odio cada vez que veo a una panda de tragaldabas sufriendo crisis nerviosas porque el frío les ha reventado las tuberías, o las riadas les han destrozado el parquet y estropeado el mobiliario de diseño. No hacia los tragaldabas, que al fin y al cabo... pobrecillos, sino hacia el género humano y hacia la sociedad civilizada que en teoría se basa y en la práctica se limpia el culo en los ideales de Igualdad y Justicia.

Por suerte la Naturaleza nos ha dotado de suficientes lágrimas para poder hacer frente a estos pensamientos. Ojalá nos sirvieran también para hacer frente a esta realidad...

martes, 25 de diciembre de 2007

Feliz Navidad

Feliz Navidad a la gente que se muere de hambre en todo el mundo, mientras tú te inflas de polvorones como un cerdo y tiras a la basura la mitad de la comida, y al cubo de la basura la otra mitad, la que no te comes, ya sea porque no agrada a tu paladar de marqués o porque has comido (por desgracia, solamente) casi hasta reventar.

Feliz Navidad a los niños que trabajan como esclavos, porque esclavos es lo que son, mientras una legión de malditos mocosos malcriados de mierda se dedica a berrear, patalear, exigir y recibir gracias a unos padres y familiares que no tienen suficiente personalidad o cerebro como para decir que no.

Feliz Navidad a todos los pobres desgraciados que podrían vivir un poco mejor con la mitad del dinero que te has gastado o te gastarás en regalos inútiles y horteras que tardarán en ir a la basura casi tan poco tiempo como los que te han hecho a ti y has agradecido con tu mejor sonrisa mientras vomitabas mentalmente.

Feliz Navidad a la gente que está trabajando y no puede estar con los suyos, ganando un sueldo de mierda para enriquecer a cuatro hijos de puta que hacen el agosto con cuatro meses de retraso, o mejor dicho, con ocho de adelanto, y que luego se dedican a jugar al Monopoly con los hogares que muchos no podemos permitirnos.

Feliz Navidad a todos los que van a deprimirse y/o suicidarse durante estas fiestas, gracias al bombardeo emocional masivo de una sociedad que vende las navidades como imagen de familia feliz y consumidora, sin preocuparse de las circunstancias afectivas y/o monetarias de quien pueda resultar salpicado por su mensaje.

Feliz Navidad a todos los que mandan a la mierda, sin importarles el qué dirán, esas reuniones familiares con un hatajo de hipócritas mezquinos y desagradecidos que no se han dignado un solo gesto de cariño en todo el año y ahora pretenden guardar las apariencias de cara a la galería.

Feliz Navidad a los que saben que cierto niño nació hace dos milenios para dominar a las gentes ignorantes mediante el miedo, el engaño y la manipulación, y que dos mil años más tarde la patraña sigue funcionando, mientras mil millones de personas siguen esperando a que el niño de marras les traiga una paz y un amor que ni siquiera se merecen.

Feliz Navidad a los bloggers novatos que, como yo, desaparecen una semana por motivos personales y cuando vuelven no recuerdan los datos necesarios para acceder a su blog.

Y próspero año nuevo.