Exactamente hace unos años se produjo una catástrofe natural de algún tipo en una zona muy concreta del mundo en la que desaparecieron personas, algunas de las cuales siguen desaparecidas, y también murieron muchas personas que a día de hoy siguen muertas. Los cuantiosos destrozos materiales provocados por la catástrofe se valoraron en muchos dólares, por lo que parece ser que no hay nadie interesado en comprarlos.
Huelga decir que muchas personas de las que murieron o estuvieron allí no saben dónde está el océano Índico, ni en qué parte de Asia habita el sudeste asiático. Sería por tanto muy grosero explicarles lo que es un maremoto, o por qué a las olas se les llama tsunamis cuando se hacen mayores. Tampoco podemos pedirles que su imaginación conciba lo que son miles de millones cuando en su vida jamás verán juntos más de unos pocos centenares. Ni siquiera sería justo llenarse la boca con sistemas de prevención por satélite o infraestructuras de alerta temprana.
Sin embargo, seguro que se inquietarían si supieran que algunas personas se enteran de las catástrofes antes de que ocurran. O si les dijeran que, en muchos países del mundo, al 90% de la población afectada le habría llegado la noticia con tiempo más que suficiente para escapar. O si vieran con sus propios ojos que en otros lugares han ocurrido catástrofes más tarde y que, sin embargo, se están recuperando mucho más rápido. Y sin duda, les parecería ofensivo que existan obras de arte, o documentos históricos, o artículos que tomaron parte en una vida u obra digna de ser recordada, que casi a diario son vendidas por mucho más dinero del que se envía en forma de ayuda a una zona concreta y del que se beneficiarían centenares o miles de personas.
Dicen que la vida no tiene precio, pero sin embargo hay muchas personas dispuestas a ponérselo. Y no deja de resultarme curioso el hecho de que arrebatar una vida humana produzca más dinero del que se invertiría por salvarla. Del mismo modo que los asesinos de las películas y los del mundo real cobran sumas elevadas, mientras los delincuentes callejeros de zonas subdesarrolladas matan a cambio de la posibilidad de que su víctima porte algo de valor. Aunque claro, si resulta que la vida sí que tiene precio, es lógico pensar que unas puedan tener mucho más valor que otras, ya que es lo que suele pasar con todas las cosas que tienen precio.
Tal vez sea por eso por lo que la única diferencia entre ricos y pobres a la hora de sufrir una catástrofe sea precisamente el número de muertes. La amante madre Tierra no atiende a razones de dinero, y en su infinita sabiduría nos devuelve en forma de pequeños pescozones de advertencia las puñaladas traperas que le asestamos. Dentro de poco, no me cabe duda, los huracanes dejarán de tener categoría numérica, la escala de Richter dejará de servir para medir los terremotos, y análogamente todas las catástrofes naturales posibles se calificarán según su potencial destructivo en millones de dólares. Por eso, en los lugares en los que las vidas valen varios miles, sólo veremos unos cientos de muertos aderezados con mucho dramatismo, mientras que los pobres desafortunados que nacieron con menos valor monetario verán cómo, cada vez que la Naturaleza monta en cólera, el resultado se cuenta en pilas de cadáveres anónimos amontonados en fosas comunes. Por supuesto, las manos negras de la muerte no se irán sin cobrarse su tributo en forma de epidemias, disturbios y demás consecuencias indirectas, que suelen ser proporcionales a las directas.
He tenido la suerte de nacer en una zona del mundo en la que las vidas se venden caras y las catástrofes se ven de lejos, pero a pesar de eso, o quizá precisamente por eso, no puedo evitar un ramalazo de asco, ira y odio cada vez que veo a una panda de tragaldabas sufriendo crisis nerviosas porque el frío les ha reventado las tuberías, o las riadas les han destrozado el parquet y estropeado el mobiliario de diseño. No hacia los tragaldabas, que al fin y al cabo... pobrecillos, sino hacia el género humano y hacia la sociedad civilizada que en teoría se basa y en la práctica se limpia el culo en los ideales de Igualdad y Justicia.
Por suerte la Naturaleza nos ha dotado de suficientes lágrimas para poder hacer frente a estos pensamientos. Ojalá nos sirvieran también para hacer frente a esta realidad...
Huelga decir que muchas personas de las que murieron o estuvieron allí no saben dónde está el océano Índico, ni en qué parte de Asia habita el sudeste asiático. Sería por tanto muy grosero explicarles lo que es un maremoto, o por qué a las olas se les llama tsunamis cuando se hacen mayores. Tampoco podemos pedirles que su imaginación conciba lo que son miles de millones cuando en su vida jamás verán juntos más de unos pocos centenares. Ni siquiera sería justo llenarse la boca con sistemas de prevención por satélite o infraestructuras de alerta temprana.
Sin embargo, seguro que se inquietarían si supieran que algunas personas se enteran de las catástrofes antes de que ocurran. O si les dijeran que, en muchos países del mundo, al 90% de la población afectada le habría llegado la noticia con tiempo más que suficiente para escapar. O si vieran con sus propios ojos que en otros lugares han ocurrido catástrofes más tarde y que, sin embargo, se están recuperando mucho más rápido. Y sin duda, les parecería ofensivo que existan obras de arte, o documentos históricos, o artículos que tomaron parte en una vida u obra digna de ser recordada, que casi a diario son vendidas por mucho más dinero del que se envía en forma de ayuda a una zona concreta y del que se beneficiarían centenares o miles de personas.
Dicen que la vida no tiene precio, pero sin embargo hay muchas personas dispuestas a ponérselo. Y no deja de resultarme curioso el hecho de que arrebatar una vida humana produzca más dinero del que se invertiría por salvarla. Del mismo modo que los asesinos de las películas y los del mundo real cobran sumas elevadas, mientras los delincuentes callejeros de zonas subdesarrolladas matan a cambio de la posibilidad de que su víctima porte algo de valor. Aunque claro, si resulta que la vida sí que tiene precio, es lógico pensar que unas puedan tener mucho más valor que otras, ya que es lo que suele pasar con todas las cosas que tienen precio.
Tal vez sea por eso por lo que la única diferencia entre ricos y pobres a la hora de sufrir una catástrofe sea precisamente el número de muertes. La amante madre Tierra no atiende a razones de dinero, y en su infinita sabiduría nos devuelve en forma de pequeños pescozones de advertencia las puñaladas traperas que le asestamos. Dentro de poco, no me cabe duda, los huracanes dejarán de tener categoría numérica, la escala de Richter dejará de servir para medir los terremotos, y análogamente todas las catástrofes naturales posibles se calificarán según su potencial destructivo en millones de dólares. Por eso, en los lugares en los que las vidas valen varios miles, sólo veremos unos cientos de muertos aderezados con mucho dramatismo, mientras que los pobres desafortunados que nacieron con menos valor monetario verán cómo, cada vez que la Naturaleza monta en cólera, el resultado se cuenta en pilas de cadáveres anónimos amontonados en fosas comunes. Por supuesto, las manos negras de la muerte no se irán sin cobrarse su tributo en forma de epidemias, disturbios y demás consecuencias indirectas, que suelen ser proporcionales a las directas.
He tenido la suerte de nacer en una zona del mundo en la que las vidas se venden caras y las catástrofes se ven de lejos, pero a pesar de eso, o quizá precisamente por eso, no puedo evitar un ramalazo de asco, ira y odio cada vez que veo a una panda de tragaldabas sufriendo crisis nerviosas porque el frío les ha reventado las tuberías, o las riadas les han destrozado el parquet y estropeado el mobiliario de diseño. No hacia los tragaldabas, que al fin y al cabo... pobrecillos, sino hacia el género humano y hacia la sociedad civilizada que en teoría se basa y en la práctica se limpia el culo en los ideales de Igualdad y Justicia.
Por suerte la Naturaleza nos ha dotado de suficientes lágrimas para poder hacer frente a estos pensamientos. Ojalá nos sirvieran también para hacer frente a esta realidad...
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