No, no es que ahora me guste Metallica. Es que no se me ocurría un título mejor para una entrada sobre Iberdrola y los electricistas 24 horas. Al fin y al cabo, no me extrañaría nada que en algún despacho dejado de la mano de Dios (o de su contestador automático) haya un señor muy elegante, con su traje de pingüino y su corbata a rayas de coca que, bien provisto de un sombrero tejano y con un cable de alta tensión a modo de caballito, se dedique a imitar a los estereotipados compatriotas del mencionado cubrecráneos. ¿O acaso lo de coger los billetes a puñados y lanzarlos desparramados hacia arriba no se hace en el mundo real?
En fin, nuestra historia comienza un día cualquiera, o mejor dicho, una noche cualquiera, más concretamente a las 00 horas y pocos minutos del jueves pasado. El ordenador muere como por arte de magia, la tele decide imitar a la de Poltergeist pero con ruido de interferencias (estamos en el siglo XXI... por favor), y las luces emiten una siniestra luz rojiza y temblorosa que amenaza con extinguirse en cualquier momento. Vamos, una peli de miedo de las de serie B de Bajo presupuesto. En otras palabras, una caída de tensión pero que muy cantosa. Tras unos cuantos minutos de incertidumbre, durante los cuales la situación llegó a amenazar con volver a la normalidad, pasamos a la Fase Dos. La susodicha fase es esa en la que se va la luz del todo y no es el automático. Todo el mundo tropieza con más o menos artículos duros y angulosos mientras busca a tientas un mechero, un móvil o lo que sea que proporcione algo de luz. Como en casa de un humilde servidor siempre se guarda alguna vela para este tipo de situaciones, pronto se ve todo mucho más claro, cálido y trémulo.
Cuando la situación se ha estabilizado, es momento de emprender dos acciones. Una es buscar una carta de la compañía eléctrica para llamar a Atención al Cliente y comentarles el tema, y la otra es salir a la escalera a ver si hay más gente a oscuras, si es cosa del bloque entero o si eres el único que un tal Murphy recuerda en sus oraciones. Cuando se es una persona práctica como mi padre, antes de llamar a ninguna parte lo primero que se hace es pedir la llave del cuarto de contadores, en este caso a un pobre hombre que se levantaba 6 horas más tarde, y bajar a echar un vistazo. Total para nada, porque ya puede ser un fusible de mierda que tú no vas a tener uno de repuesto en casa, y quitárselo a un vecino es un canteo muy gordo. Y está mal. En cualquier caso, bajas al cuarto de contadores a ver si ves algo, llegando por el camino a la conclusión de que
la luz de la escalera funciona perfectamente. Una vez en el cuarto de contadores, verificas que la mayoría tienen luz, exceptuando a tres o cuatro pringaos cuyos contadores están tan parados como el tuyo.
En esas estamos cuando aparece uno de los susodichos pringaos y se asoma a ver quién le acompaña en el sentimiento. Al ser una comunidad tan pequeña, todo el mundo se lleva bien, salvo el típico cabroncete que no paga los recibos hasta que no le denuncian, o el hijo de perra que es propietario pero vive en otro sitio más guapo y tiene el piso este alquilado, con lo cual obviamente suda de todo lo que le pase al piso, a los inquilinos y a la madre que parió a Panete. Estamos de suerte, el pringao no es ninguno de los anteriores. Es un chaval muy apañado, pero carece de la flemática paciencia de mi familia, así que a los cinco minutos de verse sin luz ha llamado a Iberdrola para pedir auxilio. Lógicamente, le mandaron a la mierda como cualquiera de nosotros haría con una llamada a esas horas intempestivas, pero con tanto cariño y delicadeza como sólo son capaces de mostrar los empleados de Atención al Cliente de las multinacionales: "Lo siento, no tenemos ninguna incidencia registrada en su zona". Y a mí qué carallo me importa. Yo tengo un congelador lleno hasta las trancas de comida, una nevera que no se queda muy atrás y un corte de luz de los que no te vuelve ni metiendo los dedos en el enchufe (si quieres que llegue ya el tren, enciende un cigarro... o mejor aún, si está lejos y pasa cada mucho tiempo, ve al servicio, o a la taquilla a preguntar... eficacia demostrada en el 95% de los casos).
A todo esto, los teléfonos estos de recibir quejas, reclamaciones y amenazas varias son una muestra de por qué debería ser delito aplicar la psicología al marketing. Es increíble lo ridículo que se siente uno cuando una máquina le pide que diga algo en repetidas ocasiones antes de conseguir contactar con un ser humano... pero sobre todo cuando lo ves desde fuera. Ves marcar un número... esperar... decir "electricidad"... esperar... decir "avería"... esperar... esperar... "hola, buenas noches, ¿qué desea?". Magdalenas, ¡no te jode!
Resumiendo, tras varios diálogos de besugo, y un par de "ninguna incidencia registrada en su zona", conseguimos que nos den el teléfono de un electricista, no sé si independiente o concertado... que no da señal. Otra llamada a Iberdrola, explicando la situación, y lo que sacas en claro es que te tienes que buscar la vida y llamar a un 24 horas por tu cuenta. Encuentras uno en el típico calendario que todo el mundo tira a la basura... por favor, otro contestador no. Pues sí, un amable e inerte interlocutor te pide que dejes tu número de teléfono y te asegura que te atenderán en unos minutos. Aún estamos esperando esa llamada.
A falta de más almanaques de esos del demonio, al vecino en pijama que tenemos apoltronado en el sofá se le ocurre tirar de la QDQ, que estaba sin desempaquetar siquiera. Una muestra de lo mucho que la usamos... aunque bueno, las Páginas Amarillas tampoco se usan, y para hacer musculación y/o calzar muebles van de puta madre. El caso es que este, que debe de ser autónomo, nos atiende personalmente su novia/socia/algo, a quien una vez comentada la situación se le pregunta por el tiempo que tardará en llegar y la tarifa correspondiente. El tiempo, unos 15-20 minutos, y la tarifa depende de la avería y tal pero son 45 pavos la visita.
Aproximadamente una hora más tarde se presenta en un coche particular un notas con una cara de sueño y/o síndrome de abstinencia de la reostia, con una caja de herramientas de la mano y con la rubia que nos había cogido el teléfono detrás. El tipo entra al cuarto de contadores y confirma lo que le habíamos dicho: los contadores parados están todos en la misma línea, lo cual implica que algo pasa con esa fase. Total que sale fuera del portal, con una escalera que providencialmente estaba en el cuarto de contadores (amén de otros muchos trastos de obra que hay allí guardados de mala manera), y mete la nariz en la caja de conexiones de entrada al bloque. Tras unos 30 segundos mirando el interior, la vuelve a cerrar y nos cuenta un chiste. Nos dice que él no está autorizado a tocar eso, que es cosa de Iberdrola y que tienen que venir ellos. Todo esto hacia las 2:15 de la mañana. Ignorando el severo riesgo de morir empalado en el cuarto de contadores, nos comenta que es normal que Iberdrola nos haya mandado a la mierda, que ahora les llama él como electricista cualificado y en un ratejo los tenemos aquí y nos lo arreglan todo.
Mientras el tipo habla por teléfono con Iberdrola, la rubia nos explica que eso es procedimiento estándar. Como es de imaginar, el 95% de las llamadas que recibe la compañía como averías son estupideces como un cable cortado, el automático que ha saltado, el fusible del abonado, o cualquier otra incidencia que no tiene nada que ver con ellos. De este modo, para filtrar de manera eficaz los casos que tienen que atender ellos, lo que hacen es mandar al cliente a buscarse la vida. Por supuesto, en caso de que tengas que pagar algo por una reparación que es responsabilidad de la compañía, ellos corren con todos los gastos. Así, cuando llegue el electricista, si es cosa de él lo arreglará y cobrará sin más, mientras que si es cosa de Iberdrola tendrá que llamarles a ellos para que ya manden un equipo. Por lo visto, a ellos les sale más rentable indemnizar en esos casos que personarse en todas las averías para repararlas o para lavarse las manos.
Cuando el técnico, muy profesional él, termina de hablar con Iberdrola, después de haberles pasado con mi padre para que pueda proporcionar datos como propietario (el presidente de la comunidad de vecinos era ese pobre hombre que tuvo que levantarse a darnos la llave de los contadores), toca hablar de pasta. Son 45 pavos por la visita, más la mano de obra, más plus de servicio nocturno, más plus por urgencia (una hora en llegar siendo del mismo barrio y por la noche... ni los maderos tardan tanto en llegar a los sitios), más plus por que me apetece, más el IVA: total redondo de 411,80 mauros. Por levantarse de la cama, coger el coche, mirar una caja de conexiones, llamar por teléfono y hacer una factura. Flipas. Es como para ser mileurista y que el tipo te lo diga tan salao. Si no llega a ser porque sé que invita Iberdrola, según me sueltas eso ya estoy cavando la fosa biplaza para que pases la eternidad con una rubia montada encima.
A la media hora de irse los señores estos, visiblemente sufriendo bajo el peso de casi setenta de los antiguos talegos (abonados también por mi viejo, aunque la factura esté a nombre de la comunidad y el administrador ya se los haya devuelto), aparecieron los de Iberdrola y lo dejaron todo apañado. Esta parte de la historia, de las 3:00 en adelante, la conozco solamente de oídas, porque yo me levantaba una hora más tarde que ese pobre hombre de las llaves. Pero como se suele decir, bien está lo que bien acaba. Para los vecinos que estábamos en el ajo, que nos quitamos un buen peso de encima, y sobre todo para el notas este que se fue con un fajo de billetes a limpiar bien el puñal para la siguiente víctima.
Electricista, fontanero, mecánico, albañil... ésas sí que son profesiones con futuro. Y nosotros todos como borregos, o en la universidad sin pegar ni chapa o en un curro de mierda y endeudados hasta las cejas, o incluso puede que las dos a la vez. Nunca hay listos si no hay tontos...