Hace ya unos cuantos días que liberaron a aquel grupo de camioneros del aire a los que acusaban en no recuerdo qué país de dedicarse al tráfico de niños con la coartada de estar allí en misión humanitaria. Probablemente los pobrecillos se hayan asustado más de tamaña acusación que de sus posibles consecuencias penales, ya que ellos solamente son trabajadores, si no honrados, al menos tan honrados como cualquiera. Y ya se sabe que los únicos que no tienen nada que temer de la Iustitia son los completos sinvergüenzas...
También llegaba a nuestros occidentales y primermundistas oídos la noticia de unos voluntarios que habían ido a Etiopía (creo) a colaborar con una ONG que gestionaba un centro de acogida y educación para menores. Los nobles y caballerosos voluntarios volvían a su tierra denunciando escandalizados los desmanes cometidos por el, al parecer, dueño y señor de la mencionada ONG, cuyo comportamiento recordaba a los reyes del medievo. Al parecer, el mentado señor se dedicaba a imponer castigos físicos extremadamente desproporcionados por motivos poco claros, probablemente relacionados con un sadismo enfermizo derivado de ni Dios sabe qué trastorno en la mente de este hombre. Sin embargo, nuestro ejemplar caballero mantenía la cordura suficiente como para intentar mantener relaciones sexuales con algunas menores (ya no niñas) mediante un ritual de cortejo basado en el chantaje emocional. Además, al ser interrogado sobre tales hechos, el tipo mantenía un aire de suprema autoridad a medio camino entre un falsamente benévolo padre y un verdadero capo de la Cosa Nostra cinematográfica.
Es sabido por todos que las Iglesias siempre han convertido la caridad en un gran negocio. También es cierto que las grandes empresas obtienen jugosos beneficios de sus campañas solidarias. Lo que nos produce un incómodo pitido en los oídos es la posibilidad de que las ONGs, supuestamente organizaciones sin ánimo de lucro y con fines más o menos benéficos, puedan ocultar una importante fuente de malversaciones y escaqueos económicos varios, por mencionar solamente la punta del iceberg: no me cabe la menor duda de que, sobre todo en África, hay quien está vendiendo niños como esclavos, sexuales o de los de toda la vergonzosa vida. Ni de que hay quien está experimentando con ellos, desde cosméticos o medicamentos hasta cosas que me alegro de no saber que existen. Ni de que hay quien está haciéndose de oro con unos órganos cuyos legítimos dueños descansan para siempre en una fosa común. Ni de que, en fin, hay degenerados que los torturan, los violan o los matan por el placer de hacerlo. Ni de que algunos de esos malnacidos hijos de puta convierten el mundo en un lugar si cabe más asqueroso mediante ese dinero que alguien, para acallar su conciencia o por pura generosidad, creyó estar destinando a una buena causa.
En el sudeste asiático hay miles de niñas prostitutas y de niños esclavos. Lo sabemos gracias a que hoy en día nos enteramos de más noticias, aparte de las que nos afectan directamente. Dicen que la ignorancia es la felicidad, y muy desdichado debió de ser el sabio que pronunciase tan gran verdad por primera vez. Pero en nuestro mundo, la ignorancia tiene remedio. Por favor, basta de mirar hacia otro lado, basta de hacer como que no pasa nada. El hambre... la pobreza... la injusticia... o al menos, los desalmados que construyen su vida destruyendo otras. Acabemos con ellos.
También llegaba a nuestros occidentales y primermundistas oídos la noticia de unos voluntarios que habían ido a Etiopía (creo) a colaborar con una ONG que gestionaba un centro de acogida y educación para menores. Los nobles y caballerosos voluntarios volvían a su tierra denunciando escandalizados los desmanes cometidos por el, al parecer, dueño y señor de la mencionada ONG, cuyo comportamiento recordaba a los reyes del medievo. Al parecer, el mentado señor se dedicaba a imponer castigos físicos extremadamente desproporcionados por motivos poco claros, probablemente relacionados con un sadismo enfermizo derivado de ni Dios sabe qué trastorno en la mente de este hombre. Sin embargo, nuestro ejemplar caballero mantenía la cordura suficiente como para intentar mantener relaciones sexuales con algunas menores (ya no niñas) mediante un ritual de cortejo basado en el chantaje emocional. Además, al ser interrogado sobre tales hechos, el tipo mantenía un aire de suprema autoridad a medio camino entre un falsamente benévolo padre y un verdadero capo de la Cosa Nostra cinematográfica.
Es sabido por todos que las Iglesias siempre han convertido la caridad en un gran negocio. También es cierto que las grandes empresas obtienen jugosos beneficios de sus campañas solidarias. Lo que nos produce un incómodo pitido en los oídos es la posibilidad de que las ONGs, supuestamente organizaciones sin ánimo de lucro y con fines más o menos benéficos, puedan ocultar una importante fuente de malversaciones y escaqueos económicos varios, por mencionar solamente la punta del iceberg: no me cabe la menor duda de que, sobre todo en África, hay quien está vendiendo niños como esclavos, sexuales o de los de toda la vergonzosa vida. Ni de que hay quien está experimentando con ellos, desde cosméticos o medicamentos hasta cosas que me alegro de no saber que existen. Ni de que hay quien está haciéndose de oro con unos órganos cuyos legítimos dueños descansan para siempre en una fosa común. Ni de que, en fin, hay degenerados que los torturan, los violan o los matan por el placer de hacerlo. Ni de que algunos de esos malnacidos hijos de puta convierten el mundo en un lugar si cabe más asqueroso mediante ese dinero que alguien, para acallar su conciencia o por pura generosidad, creyó estar destinando a una buena causa.
En el sudeste asiático hay miles de niñas prostitutas y de niños esclavos. Lo sabemos gracias a que hoy en día nos enteramos de más noticias, aparte de las que nos afectan directamente. Dicen que la ignorancia es la felicidad, y muy desdichado debió de ser el sabio que pronunciase tan gran verdad por primera vez. Pero en nuestro mundo, la ignorancia tiene remedio. Por favor, basta de mirar hacia otro lado, basta de hacer como que no pasa nada. El hambre... la pobreza... la injusticia... o al menos, los desalmados que construyen su vida destruyendo otras. Acabemos con ellos.
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