Pues sí, yo tampoco lo sabía, pero resulta que anteayer se cumplieron 90 años de la Revolución de Octubre, posiblemente la más determinante de la historia a nivel mundial. Para quien no lo sepa, estamos hablando de la caída de los zares en Rusia a manos de los bolcheviques y compañía, y la instauración de la URSS, todo esto en mitad de la Primera Guerra Mundial, que Rusia abandonó por motivos obvios ("cerrado por cambio de propietario").
Lo más curioso de todo este asunto es que el aniversario de la Revolución de Octubre sea en noviembre. Se podrían plantear muchas teorías, como esa que dice que C. nació en el año 4 antes de C. o la otra que afirma que cuando uno se mueve muy rápido el tiempo transcurre más despacio (la famosa relatividad de Lorentz... digooo... de Einstein). Sin embargo, la respuesta es más simple a la par que más inquietante: en la Rusia de los zares y de la Iglesia Ortodoxa aún se empleaba el calendario juliano, y mientras en el calendario gregoriano de Occidente ya había llegado noviembre, las fuentes rusas de la época citan el 25 de octubre como fecha del levantamiento. Resulta cuando menos llamativo que, a pesar de la innegable excelencia (aun sabiendo que es imperfecto) del calendario gregoriano como herramienta, y a pesar de estar ya bien entrado el siglo XX, en muchos países se siguiera negando su validez por motivos exclusivamente religiosos y para nada razonables, sobre todo teniendo en cuenta que cualquiera de dichos países habría encontrado ofensivo el apelativo "teocracia". Y hoy en día habrá quien afirme que las religiones no tienen poder en los estados teóricamente laicos...
Recuperando el tema, hace 90 años que una serie de líderes lograron unir al pueblo, como siempre oprimido, al son de falsas promesas. La que iba a ser una revolución a nivel mundial y la creación de un nuevo paraíso para la humanidad, donde ya no habría amos ni esclavos, quedó relegada a los territorios de la URSS. El ideal de justicia e igualdad demostró la misma candidez que la fe en la bondad natural del ser humano. El pueblo trabajador luchó para librarse de la opresión, y "They burst their manacles and wear the name/ Of Freedom, graven on a heavier chain!" (Quemaron sus grilletes, y lucen la palabra/ Libertad, grabada en una cadena más pesada). Durante siete décadas largas, gracias a una nutrida lista de megalómanos, psicópatas, o simples ambiciosos sin escrúpulos, el sueño de la humanidad se convirtió en la pesadilla del mundo. Primero, por la amenaza constante de la destrucción de la civilización o incluso de toda vida humana en forma de guerra termonuclear. Segundo, y si cabe aún más grave, por haber cerrado y sepultado la única salida del sistema injusto, inmundo y opresivo en el que está cada vez más encerrado el mundo entero, el capitalismo, la globalización.
Es ese sistema cada vez más derechista, autoproclamado liberal, generador de ficciones que inhabilitan a los individuos y los relegan a una muchedumbre, más sencilla de manipular. Desde los extremistas religiosos que viven bien a costa de enviar a la muerte a miles de personas, aprovechándose de su ignorancia para imbuirles ideas alienantes, hasta los líderes de organismos internacionales que deciden sobre el futuro de poblaciones enteras en función de los beneficios personales que obtendrán. Ya los romanos empleaban la estrategia del "pan y circo": en el mundo desarrollado, nos dan ración extra de circo para que olvidemos que a gran parte de la humanidad le estamos robando el pan. Sin darnos cuenta, estamos tan corrompidos por nuestro propio poder, nos hemos vuelto tan insolidarios, que no nos importa tanto el ingente número de muertes anónimas de cada día, de las que todos somos indirectamente responsables, como una víctima de muerte violenta que nos muestran con nombre y apellidos, a manos de uno de esos enemigos de la sociedad que fabrican y distribuyen los medios: los fundamentalismos religiosos o nacionalistas, el tabaquismo, la violencia de género (¿de qué género?), los accidentes de tráfico... la lista es interminable.
Y sin embargo, a nadie le importa que miles (las estadísticas más optimistas hablan de 24000) personas mueran de hambre al día, nadie se sorprende de las muertes de civiles que aparecen cada día en las noticias sobre la guerra de turno, nadie se indigna por las muertes de los inmigrantes que buscan una salida a la muerte en vida de sus países de origen. Parafraseando a los asesinos de su propia revolución, "La muerte de uno es una tragedia, la muerte de un millón es sólo estadística". Y la estadística es la única manera de utilizar la clara verdad de las matemáticas para mentir.
Por eso, al contrario que el nazismo, al contrario que la Inquisición, al contrario que tantas y tantas desgracias, la Revolución nunca debe ser borrada de la Historia. Porque cada vez que veo en las noticias que suben las hipotecas, o que el ejército estadounidense está bombardeando un país, o veo pintadas fascistas por la calle, o siento que me rechazan por pensar como pienso, o me para la Guardia Civil yendo con amigos y nos registran por nuestro aspecto, recuerdo que una vez, hace ahora noventa años, alguien nos dijo a todos que podíamos luchar por ser libres. Y aunque las cosas se torcieran, aunque te digan "y mira lo que pasó", aunque no sea más que un romántico ideal, aunque nunca consigamos ser libres, siempre podremos luchar por ello. Y siempre valdrá la pena.
Lo más curioso de todo este asunto es que el aniversario de la Revolución de Octubre sea en noviembre. Se podrían plantear muchas teorías, como esa que dice que C. nació en el año 4 antes de C. o la otra que afirma que cuando uno se mueve muy rápido el tiempo transcurre más despacio (la famosa relatividad de Lorentz... digooo... de Einstein). Sin embargo, la respuesta es más simple a la par que más inquietante: en la Rusia de los zares y de la Iglesia Ortodoxa aún se empleaba el calendario juliano, y mientras en el calendario gregoriano de Occidente ya había llegado noviembre, las fuentes rusas de la época citan el 25 de octubre como fecha del levantamiento. Resulta cuando menos llamativo que, a pesar de la innegable excelencia (aun sabiendo que es imperfecto) del calendario gregoriano como herramienta, y a pesar de estar ya bien entrado el siglo XX, en muchos países se siguiera negando su validez por motivos exclusivamente religiosos y para nada razonables, sobre todo teniendo en cuenta que cualquiera de dichos países habría encontrado ofensivo el apelativo "teocracia". Y hoy en día habrá quien afirme que las religiones no tienen poder en los estados teóricamente laicos...
Recuperando el tema, hace 90 años que una serie de líderes lograron unir al pueblo, como siempre oprimido, al son de falsas promesas. La que iba a ser una revolución a nivel mundial y la creación de un nuevo paraíso para la humanidad, donde ya no habría amos ni esclavos, quedó relegada a los territorios de la URSS. El ideal de justicia e igualdad demostró la misma candidez que la fe en la bondad natural del ser humano. El pueblo trabajador luchó para librarse de la opresión, y "They burst their manacles and wear the name/ Of Freedom, graven on a heavier chain!" (Quemaron sus grilletes, y lucen la palabra/ Libertad, grabada en una cadena más pesada). Durante siete décadas largas, gracias a una nutrida lista de megalómanos, psicópatas, o simples ambiciosos sin escrúpulos, el sueño de la humanidad se convirtió en la pesadilla del mundo. Primero, por la amenaza constante de la destrucción de la civilización o incluso de toda vida humana en forma de guerra termonuclear. Segundo, y si cabe aún más grave, por haber cerrado y sepultado la única salida del sistema injusto, inmundo y opresivo en el que está cada vez más encerrado el mundo entero, el capitalismo, la globalización.
Es ese sistema cada vez más derechista, autoproclamado liberal, generador de ficciones que inhabilitan a los individuos y los relegan a una muchedumbre, más sencilla de manipular. Desde los extremistas religiosos que viven bien a costa de enviar a la muerte a miles de personas, aprovechándose de su ignorancia para imbuirles ideas alienantes, hasta los líderes de organismos internacionales que deciden sobre el futuro de poblaciones enteras en función de los beneficios personales que obtendrán. Ya los romanos empleaban la estrategia del "pan y circo": en el mundo desarrollado, nos dan ración extra de circo para que olvidemos que a gran parte de la humanidad le estamos robando el pan. Sin darnos cuenta, estamos tan corrompidos por nuestro propio poder, nos hemos vuelto tan insolidarios, que no nos importa tanto el ingente número de muertes anónimas de cada día, de las que todos somos indirectamente responsables, como una víctima de muerte violenta que nos muestran con nombre y apellidos, a manos de uno de esos enemigos de la sociedad que fabrican y distribuyen los medios: los fundamentalismos religiosos o nacionalistas, el tabaquismo, la violencia de género (¿de qué género?), los accidentes de tráfico... la lista es interminable.
Y sin embargo, a nadie le importa que miles (las estadísticas más optimistas hablan de 24000) personas mueran de hambre al día, nadie se sorprende de las muertes de civiles que aparecen cada día en las noticias sobre la guerra de turno, nadie se indigna por las muertes de los inmigrantes que buscan una salida a la muerte en vida de sus países de origen. Parafraseando a los asesinos de su propia revolución, "La muerte de uno es una tragedia, la muerte de un millón es sólo estadística". Y la estadística es la única manera de utilizar la clara verdad de las matemáticas para mentir.
Por eso, al contrario que el nazismo, al contrario que la Inquisición, al contrario que tantas y tantas desgracias, la Revolución nunca debe ser borrada de la Historia. Porque cada vez que veo en las noticias que suben las hipotecas, o que el ejército estadounidense está bombardeando un país, o veo pintadas fascistas por la calle, o siento que me rechazan por pensar como pienso, o me para la Guardia Civil yendo con amigos y nos registran por nuestro aspecto, recuerdo que una vez, hace ahora noventa años, alguien nos dijo a todos que podíamos luchar por ser libres. Y aunque las cosas se torcieran, aunque te digan "y mira lo que pasó", aunque no sea más que un romántico ideal, aunque nunca consigamos ser libres, siempre podremos luchar por ello. Y siempre valdrá la pena.
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