Pues sí, damos y caballeras, está de moda. ¿El qué? Deberían saberlo, que para eso está de moda...
Está de moda relegar a un plano de inferioridad lo que es distinto. Al fin y al cabo, en eso consiste precisamente la moda. La moda es la Historia del presente y del futuro próximo, y al igual que la Historia del pasado, la moda la escriben los vencedores. Pero, a diferencia de la auténtica Historia, no hay clemencia para los vencidos, porque los vencidos no tienen derecho a nada. Ni a la existencia. Ni siquiera al recuerdo. Si estás en el lado equivocado, lo único que puedes hacer es apartarte del camino o ser aplastado.
Por supuesto, no hablo de la moda a la hora de vestir. Aún no he tenido el gusto de ver por la calle uno de esos modelitos de las pasarelas, ni de unirme a la procesión de transeúntes que probablemente se formaría detrás con el único fin de emular a Nelson Muntz (*HAAA HAAAAA!!!*). Me refiero a la moda en general, a eso que todo el mundo piensa, dice o hace porque es lo que hace, dice o piensa todo el mundo. Es realmente curioso cómo los seres humanos en general, salvo aquellos pocos que, por suerte o por desgracia para ellos, merecen acertadamente el calificativo de psicópatas, son capaces de verdaderas proezas, desde la simple y elegante hipocresía hasta el supremo nivel de la bajada completa, física y moral, de pantalones. Proezas todas ellas que tienen como único fin el impresionar a otros grupos de seres humanos para contar con su aprobación y, en el más abyecto de los casos, para poder aspirar a la integración en los susodichos grupos. ¿Hasta qué punto es importante ser popular? Y lo que es más importante, ¿hasta qué punto es más importante ser uno mismo que ser popular?
Intentemos enfocar el asunto desde una perspectiva lo más amplia posible, ya que una perspectiva global no lo es. Dentro de una sociedad (cualquier parecido con la sociedad española actual es pura coincidencia), por lo general (y lógicamente, puesto que si no no sería posible dicha sociedad), existe una abrumadora mayoría de conformistas. Este, llamémoslo así, supergrupo, pese a la gran variedad de ideas que se pueden encontrar en él, forma una gran unidad porque, en lo esencial, comparte unas ideas básicas. Puede haber sectores más conservadores, incluso ciertas células ultraderechistas o ultraortodoxas, pero su aparente desaprobación no es sino una exhibición chauvinista de apoyo al sistema. El grueso de nuestro supergrupo lo compondrían las tendencias más moderadas, lo que en política se suele denominar "centro" (por si alguien no lo sabía, el Partido Popular se autocalifica de "centro liberal"...) porque en Europa, y en la mayor parte del mundo, aún duele la palabra "derecha", así como las tendencias izquierdistas más moderadas. Si enfocamos un poco más a la izquierda, en el borde de lo políticamente correcto, encontraremos los sectores más radicalmente reformistas de nuestro supergrupo. De manera similar aunque opuesta a los del borde contrario, su progresismo parte de la base del sistema establecido, sin salir de los límites marcados por aquél.
Todos estos grupos, en apariencia tan dispares, al más básico de los niveles comparten las mismas doctrinas, los mismos dogmas, o si se prefiere los mismos principios, por mucho que de cara a la galería se empeñen en aparentar todo lo contrario. Forman el conjunto de una sociedad, que puede ser mejor o peor, pero en cualquiera de los casos es así, igual al conjunto de elementos comunes a todos los miembros de nuestro supergrupo. El respeto a los principios anteriores es la base de dicha sociedad, el pilar principal que debe aguantar los movimientos de la estructura que sustenta.
Por supuesto, existe un pequeño grupo de tendencias disidentes que cuestionan y/o desprecian esos principios básicos. Por los motivos que uno quiera imaginar, estos elementos subversivos atentan continuamente contra el orden establecido. Los argumentos que esgrimen son muchos y muy variados, y una buena cantidad de ellos son compartidos íntimamente por gran parte de la sociedad políticamente correcta, que en realidad se diferencia de ellos en muy poco. En realidad, entre el obrero que es explotado por la sociedad y el que se rebela contra ella, la única variación suele ser la carga de responsabilidades que pesa sobre cada uno de ellos (normalmente es por eso por lo que la rebeldía es inversamente proporcional a la edad). No obstante, los mutuos improperios verbales entre los rebeldes, calificados ignorante e inequívocamente de "rojos", y los conformistas, igualmente poco merecedores del apelativo "fascistas", recuerdan en esta triste península que siete décadas no son tiempo suficiente para olvidar, mientras en el resto del mundo (ese mundo que suele excluir África y buena parte de Asia y América) traen a la mente dos tristemente célebres banderas que solamente tuvieron en común el dolor (y el color) de la sangre derramada a sus pies.
Lo más llamativo del asunto es que aquellos rebeldes, autoproclamadamente ajenos a las modas, erigidos en paladines de la libertad de expresión y de pensamiento, no carecen de esa misma estructura de la sociedad a la que critican. Como dice el dicho, valga la redundancia, en todas partes se cuecen habas, o quizá sea mas correcto decir que, en casa del herrero, cuchillo de palo. Porque, en efecto, el credo es el mismo, aunque las palabras sean otras. El espectro demográfico es igual de amplio en la sociedad que entre los antisociales, y en ambos casos es igual de difícil encontrar un pensamiento original. Lo que en un lado es conformismo, en otro lado es cliché, eslogan, estereotipo. Lo escalofriantemente cierto es que hay rebeldes que necesitan que se les diga contra qué rebelarse. No son rebeldes sin causa, son rebeldes sin motivo, rebeldes conformistas. Rebeldes a la moda.
Ahora mismo estoy en pijama, sentado delante de mi ordenador, con los pies (enfundados en calcetines y calzados con chanclas, al más puro estilo de buen turista alemán) apoyados en una mesita de cristal, comiendo gelatina de limón en una ensaladera, y no puedo evitar preguntarme si realmente lo hago por voluntad propia, o si en alguna parte habrá alguien frotándose las manos mientras yo cumplo sus designios, inconsciente...
Está de moda relegar a un plano de inferioridad lo que es distinto. Al fin y al cabo, en eso consiste precisamente la moda. La moda es la Historia del presente y del futuro próximo, y al igual que la Historia del pasado, la moda la escriben los vencedores. Pero, a diferencia de la auténtica Historia, no hay clemencia para los vencidos, porque los vencidos no tienen derecho a nada. Ni a la existencia. Ni siquiera al recuerdo. Si estás en el lado equivocado, lo único que puedes hacer es apartarte del camino o ser aplastado.
Por supuesto, no hablo de la moda a la hora de vestir. Aún no he tenido el gusto de ver por la calle uno de esos modelitos de las pasarelas, ni de unirme a la procesión de transeúntes que probablemente se formaría detrás con el único fin de emular a Nelson Muntz (*HAAA HAAAAA!!!*). Me refiero a la moda en general, a eso que todo el mundo piensa, dice o hace porque es lo que hace, dice o piensa todo el mundo. Es realmente curioso cómo los seres humanos en general, salvo aquellos pocos que, por suerte o por desgracia para ellos, merecen acertadamente el calificativo de psicópatas, son capaces de verdaderas proezas, desde la simple y elegante hipocresía hasta el supremo nivel de la bajada completa, física y moral, de pantalones. Proezas todas ellas que tienen como único fin el impresionar a otros grupos de seres humanos para contar con su aprobación y, en el más abyecto de los casos, para poder aspirar a la integración en los susodichos grupos. ¿Hasta qué punto es importante ser popular? Y lo que es más importante, ¿hasta qué punto es más importante ser uno mismo que ser popular?
Intentemos enfocar el asunto desde una perspectiva lo más amplia posible, ya que una perspectiva global no lo es. Dentro de una sociedad (cualquier parecido con la sociedad española actual es pura coincidencia), por lo general (y lógicamente, puesto que si no no sería posible dicha sociedad), existe una abrumadora mayoría de conformistas. Este, llamémoslo así, supergrupo, pese a la gran variedad de ideas que se pueden encontrar en él, forma una gran unidad porque, en lo esencial, comparte unas ideas básicas. Puede haber sectores más conservadores, incluso ciertas células ultraderechistas o ultraortodoxas, pero su aparente desaprobación no es sino una exhibición chauvinista de apoyo al sistema. El grueso de nuestro supergrupo lo compondrían las tendencias más moderadas, lo que en política se suele denominar "centro" (por si alguien no lo sabía, el Partido Popular se autocalifica de "centro liberal"...) porque en Europa, y en la mayor parte del mundo, aún duele la palabra "derecha", así como las tendencias izquierdistas más moderadas. Si enfocamos un poco más a la izquierda, en el borde de lo políticamente correcto, encontraremos los sectores más radicalmente reformistas de nuestro supergrupo. De manera similar aunque opuesta a los del borde contrario, su progresismo parte de la base del sistema establecido, sin salir de los límites marcados por aquél.
Todos estos grupos, en apariencia tan dispares, al más básico de los niveles comparten las mismas doctrinas, los mismos dogmas, o si se prefiere los mismos principios, por mucho que de cara a la galería se empeñen en aparentar todo lo contrario. Forman el conjunto de una sociedad, que puede ser mejor o peor, pero en cualquiera de los casos es así, igual al conjunto de elementos comunes a todos los miembros de nuestro supergrupo. El respeto a los principios anteriores es la base de dicha sociedad, el pilar principal que debe aguantar los movimientos de la estructura que sustenta.
Por supuesto, existe un pequeño grupo de tendencias disidentes que cuestionan y/o desprecian esos principios básicos. Por los motivos que uno quiera imaginar, estos elementos subversivos atentan continuamente contra el orden establecido. Los argumentos que esgrimen son muchos y muy variados, y una buena cantidad de ellos son compartidos íntimamente por gran parte de la sociedad políticamente correcta, que en realidad se diferencia de ellos en muy poco. En realidad, entre el obrero que es explotado por la sociedad y el que se rebela contra ella, la única variación suele ser la carga de responsabilidades que pesa sobre cada uno de ellos (normalmente es por eso por lo que la rebeldía es inversamente proporcional a la edad). No obstante, los mutuos improperios verbales entre los rebeldes, calificados ignorante e inequívocamente de "rojos", y los conformistas, igualmente poco merecedores del apelativo "fascistas", recuerdan en esta triste península que siete décadas no son tiempo suficiente para olvidar, mientras en el resto del mundo (ese mundo que suele excluir África y buena parte de Asia y América) traen a la mente dos tristemente célebres banderas que solamente tuvieron en común el dolor (y el color) de la sangre derramada a sus pies.
Lo más llamativo del asunto es que aquellos rebeldes, autoproclamadamente ajenos a las modas, erigidos en paladines de la libertad de expresión y de pensamiento, no carecen de esa misma estructura de la sociedad a la que critican. Como dice el dicho, valga la redundancia, en todas partes se cuecen habas, o quizá sea mas correcto decir que, en casa del herrero, cuchillo de palo. Porque, en efecto, el credo es el mismo, aunque las palabras sean otras. El espectro demográfico es igual de amplio en la sociedad que entre los antisociales, y en ambos casos es igual de difícil encontrar un pensamiento original. Lo que en un lado es conformismo, en otro lado es cliché, eslogan, estereotipo. Lo escalofriantemente cierto es que hay rebeldes que necesitan que se les diga contra qué rebelarse. No son rebeldes sin causa, son rebeldes sin motivo, rebeldes conformistas. Rebeldes a la moda.
Ahora mismo estoy en pijama, sentado delante de mi ordenador, con los pies (enfundados en calcetines y calzados con chanclas, al más puro estilo de buen turista alemán) apoyados en una mesita de cristal, comiendo gelatina de limón en una ensaladera, y no puedo evitar preguntarme si realmente lo hago por voluntad propia, o si en alguna parte habrá alguien frotándose las manos mientras yo cumplo sus designios, inconsciente...
1 comentario:
Muy bueno tu post!
Saludos desde Argentina
GoNe
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